Marcos Carrascal Castillo fue el ganador del III Certamen Literario “Abundio García Román”, organizado por el Área de Cultura, Deportes, Ocio y Tiempo Libre. El pasado 21 de marzo tuvo lugar la entrega de Premios en la sede de HHT Madrid.
El premio de este Certamen literario consistió en una sesión de Spa en un Balneario Urbano de nuestra capital (Madrid), a determinar por HHT, y la publicación del cuento en nuestra página Web, de acuerdo a las Bases del Concurso. El tema elegido, el Medio Ambiente.
Aquí puedes leer el Cuento ganador. Aprovechamos felicitar al ganador y para agradecer a todos aquellos que participaron en el Certamen, animándoles a que no dejen de escribir y compartir esos escritos que están impregnados de la esencia de cada uno de los autores.
Cuento ganador del III Certamen Literario “Abundio García Román”, por Marcos Carrascal Castillo
Texto completo original, aquí.
“Los sembrados estaban cubiertos de abrojos, y parecía que toda la cosecha se iba a perder. Pero a nadie parecía importarle, ni siquiera a los jóvenes del pueblo. Paseaba por las tierras a paso lento, ayudado por un bastón, con los ojos abarcando la comarca, hasta que una humareda me hizo desenfocar la imagen que congelaban mis ojos. No me sorprendí, ni siquiera me alerté: esa humareda era una parte habitual del paisaje.
La noche empezaba a engullir el cielo clareado, y aligeré el paso en dirección al pueblo, antes de que la noche lo invadiera todo. Todo había cambiado, y es que los jóvenes ya no trabajaban en el campo, sino en la fábrica que provocaba esa humareda, en la construcción o teletrabajaban en oficios capitalinos, y nadie se preocupaba de los campos, hasta el punto de que los afanes de mi generación en mantener nuestras tierras para legárselas a nuestros hijos se habían demostrado estériles, y es que una hectárea de cereal era más barata que una plaza de garaje de diez metros cuadrados en la capital. ¿Es que a nadie le importaban los trigales, los centenos, los girasoles que rodeaban nuestro pueblo? Parecía que no, y cuando decía a mis vecinos que si nuestro sector se perdía, ¿quién iba a poner la comida en la mesa de la gente?, ellos me contestaban que, como hasta ahora, con exportaciones. Y tenían razón, pero me negaba a que todo el entorno en el que había nacido, en el que me había criado y, sobre todo, en el que había trabajado, es decir, el entorno en el que me había forjado como persona, se evaporara. Y si no quedaba nada de mi entorno, ¿qué iba a quedar de mí? Uno no es nada sin sus raíces, sin su trabajo, sin sus ocupaciones, sin sus aficiones. Y me lo estaban robando”.
Nadie entendía nada. Cuando me quejaba, la gente me decía que dejara de porfiar, que parecía que estaba amargada, y es que quizás lo estaba. Pero a nadie le interesaba que el humo ganara cada vez más palmos de tierra, que los animales que campaban por nuestros pinares hubieran desaparecido o que los abrojos hubieran invadido todos los sembrados. Mi propia familia era un ejemplo de ello: mi hijo mayor se había marchado a la capital y la pequeña trabajaba en la fábrica, y los hijos de ésta eran albañiles o comerciantes; nada relacionado con el campo. Mi marido insistía en que lo que tenía eran chaladuras de vieja, y acababa siempre terciando: